El reflejo

No conservé sus cenizas. No he puesto su foto en el perfil de mis redes sociales. No he querido quedarme ningún objeto suyo, al contrario, quise sacar rápido de casa todo lo que tuviera que ver con él, como si aquellas pertenencias me quemaran.

Solo guardé como una gomita, una pequeña pezuña de goma fluorescente que le añadimos al collar y que le quité creo que ya después de que se apagara del todo.

O eso pensaba yo. El pasar de las horas, los días, me fue mostrando que la presencia material de Hugo está más repartida de lo que yo creía. En el mismo instante que escribo estas líneas acabo de caer en la cuenta de que olvidé incluir en la bolsa el collar isabelino que usábamos para que no se diera en las heridas. Uno de ellos, el último, porque creo recordar que llegó a usar tres diferentes, hasta que los acababa rompiendo o desgastando por el uso y en la siguiente visita al veterinario le comprábamos uno nuevo. Así de accidentada fue su existencia. Y la plaquita con su nombre, que se le volvió a caer hace unos meses y que debe de seguir todavía en la bandejita de la entrada. Tampoco la quiero.

Las latas de paté y de carne había pensado ir llevándoselas a los gatos callejeros, pero creo que les buscaré una salida más rápida. Cruzarme con ellas, o con cualquier cosa que le hubiera pertenecido, viene a ser lo mismo que recibir un latigazo sobre la piel desnuda: rápido, inesperado e intenso.

Me pregunto si todas las ausencias de un ser querido, sea animal o persona, serán como esta. Si acaso nunca se sientan de golpe, aunque siempre sea un solo instante el que separa la vida de la muerte. Quizás siempre se dejan sentir así, más como una infinidad de pequeños alfileres – o grandes zarpazos- que se clavan en la piel con cada pequeño detalle cotidiano que como un camión que te pasa por encima y te aplasta el cuerpo entero en el momento de la partida.

Pero es una tristeza serena, con la que convivo en paz. Qué distinta de la angustia, la tensión, la desesperación, la incertidumbre o el miedo, que la precedieron. Me acuerdo mucho de mi terapeuta, el que me enseñó a lidiar con la pérdida y las despedidas, de sus palabras, llenas de sabiduría:

«No, no todas las opciones conducen a la angustia. A la tristeza quizás sí, pero a la angustia, no».

Antes de que mi razón tuviera tiempo de evaluar lo acertado de aquellas palabras, las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos, dejando fluir lo que descubrí que había estado reteniendo durante aquellos meses. Al día siguiente dejé a la que había sido mi pareja hasta entonces. Aquellas palabras me ayudaron a dar el paso, pero hasta el otro día, cuando mi perro se apagó, -lo apagamos-, no experimenté la verdad que encerraban en todo su esplendor: la tristeza puede llegar a ser un sentimiento muy acogedor, que te abrace, te de calor y te permita descansar por fin, después de una larga temporada de angustia, bajo su manto.

Peor llevo que mi cerebro se empeñe obstinadamente en negar la evidencia y tener que estar corrigiéndolo a cada paso: «No, ahora no vamos a sacar a Hugo, Hugo ya no está», «No, ya no tiene sentido que le guardes comida, nadie se la va a comer, tira eso ya», «No, ese aullido no puede ser de Hugo, él ya no está, vuelve a dormirte», «No hace falta que mires, no te vas a tropezar con él», «No, no alargues la mano que no lo vas a encontrar al otro lado», «No, no te está esperando tras la puerta».

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