La ladrona de horas (parte 1)

La primera vez que la vi pensé que estaba soñando.

– ¿No puedes dormir?

Me preguntó divertida desde el borde de la cama, balanceando sus pequeñas piernas hacia adelante y hacia atrás como si estuviera en un columpio.

Negué con la cabeza, contento de haber conseguido por fin quedarme dormido. No solía soñar cosas extrañas. De hecho, mis sueños eran muy monótonos: soñaba por ejemplo que trabajaba, que arreglaba las incidencias que me habían dado la lata durante el día. A veces conseguía solucionarlas y me levantaba sabiendo exactamente lo que tenía que hacer y a veces me levantaba con el mismo agobio, el mismo nudo en el estómago y aún más cansancio si cabe que cuando me había acostado.

– ¿Quién eres tú? ¿Cómo has entrado aquí?

Miré hacia la ventana en un acto reflejo, y me sorprendió verla cerrada.

– Los humanos siempre con sus preguntas… – dijo sin dejar de sonreír, jugando con los mechones de pelo que le caían sobre los hombros.

Calculé que no debía de tener más de ocho años.

– ¿Quieres un vaso de leche?

La niña rio con fuerza. Sus ojos rasgados parecían dos cuchillos dibujados en su rostro.

– Yo no necesito beber ni comer para existir.

– ¿Qué necesitas entonces?

– Me caes bien – dijo ella antes de desaparecer en medio de una espesa niebla.

Traté de despertarme pero no pude. Sentí una pinzada de angustia. ¿Estaba atrapado en aquel sueño absurdo? Miré la hora en el móvil. Marcaba las 5:59 a.m.

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